El muerto

Érase una vez un señor que murió, pero por cuestión de un malentendido o un despiste, no se sabe muy bien, no cumplió con el debido protocolo de abandonar su cuerpo y dejarse enterrar como es de costumbre habitual entre los muertos.

Sus superiores, por supuesto, estaban encantados. «Desde su muerte, Fernández es verdaderamente un empleado ejemplar» comentaban. «Jamás se queja, ni pierde el tiempo, ni pide aumentos, ni tienes sus propios sueños y aspiraciones – ¡no es de extrañar que se haya convertido en nuestro líder en ventas!». Inicialmente, algunos clientes se espantaron con sus manos gélidas, pero esto lo solucionaron poniéndole unos gruesos guantes de cuero. Sobre la mirada nada se podía hacer, pero sus jefes estaban dispuestos a pasar por alto este pequeño detalle. Tan contento estaba el director de la empresa, que llegó a formar una comisión para investigar si se podía aplicar el mismo procedimiento a los demás empleados. La comisión calculó que podían aumentar el rendimiento anual bruto en un 50% por cada 20% en reducción de vitalidad del cuerpo laboral. Sin embargo, este proyecto acabó estancándose por excesivos requerimientos legales.

En cuanto a su mujer, al principio le dejó porque dijo que no podía soportar sus besos de muerto. Pero pasado un tiempo, y tras varias citas infructuosas, se dio cuenta de que los vivos tampoco estaban mucho mejor, y decidió volver con él por el bien de los niños.

La opinión de Fernández de todo esto era difícil de elucidar. Sus amigos decían que tenía buena cara, que la muerte sin duda le había sentado muy bien. Algunos le miraban con un poco de envidia, viéndole libre del sinfín de decepción que conlleva esta vida plagada de deseos frustrados e ideales irrealizables. Que nos lleven pronto, se comentaban unos a otros, que seamos como Fernández, muertos andantes, seres terminados vagando sin cadenas por este maldito mundo vacío.

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Comunicación

Tenían formas muy curiosas de comunicarse entre los dos. En su casa de la montaña, allá desde donde las azoteas de la ciudad se divisaban tambaleándose en oleadas hasta la costa, él guardaba una pequeña flota de palomas pardas, mansas y muy inteligentes. Muchas mañanas ella despertaba de sus sueños de laberintos verdes al sentir un suave revoloteo de plumas que atravesaba las paredes soñadas y la devolvía a la penumbra de su cuarto. Entonces, con los párpados aún pesados, abría su balcón a la luz de la mañana, y entraba volando la paloma mensajera, que se dejaba alimentar migas de pan y ofrecía su patita con el mensaje enrollado y atado con una cinta roja. A veces ella le contestaba con una flor seca, con su tallo anudado de una manera particular (no significaba lo mismo una amapola que una camelia o incluso un azahar; ni por supuesto un nudo trébol que un franciscano), apretada entre las páginas de un libro que dejaba abandonado en un banco en el rincón secreto de su jardín preferido. También usaban a menudo las señales lumínicas; en una ocasión, era una noche de cielo incandescente, de truenos y lluvia que azotaba las calles vacías con violentos latigazos, cuando ella percibió un parpadeo de luz en la oscuridad, por encima de las torres y antenas parabólicas de la ciudad, un pulso errático apagado – encendido – apagado – encendido que venía de su monte, y supo que era un mensaje cifrado deseándole que durmiera tranquila en el corazón salvaje de la tormenta. Más tarde ella le contestaría con baldosas pintadas en tiza de colores en la ruta que él tomaba cada mañana al trabajo, y él respondería con una nota doblada dentro de la galletita de la suerte que venía con su encargo de comida china. En otras ocasiones, ella le dejaba una respuesta trazada en la arena, para que él se la encontrara cuando iba a pasear al borde del mar, en aquellas horas doradas de la tarde cuando el sol se derrama sobre las olas y las nubes sangran rosadas antes de extinguirse en la noche.

A veces, sencillamente, él dejaba en un asiento del metro, o encima de una tapia, o en las manos del primer despistado que pasara por delante, un sobre de papel con instrucciones imprecisas acerca de su destinataria, como por ejemplo:

Para la chica que está escribiendo cuentos en la habitación detrás del espejo.

Estos sobres marrones iban pasando de persona a persona, como rumores susurrados o confabulaciones fantásticas que se contagian entre las imaginaciones febriles. Así viajaban los sobres hacia su destino, bajo la sombra de los plátanos en las regias avenidas, por las plazas de mediodía, por salones y sótanos, cocinas y escaparates, por antiguos muros cubiertos de hiedra a la luz de la luna, por galerías y pasadizos ocultos, iban acercándose paso a paso, poquito a poquito. Desde los montes hasta las playas, de balcón a balcón saltando por las líneas de camisas tendidas al viento, por los furtivos callejones cubiertos de graffiti y pósters de conciertos cancelados, los sobres rodeaban y se perdían y se equivocaban de camino, pero siempre finalmente acababan encontrándola. Hasta que al fin (podía ser cuestión de horas o días), tal vez ella oiría una llamada a la puerta, y se encontraría con un pasillo vacío y el eco de pasos que se alejan, y ahí estaría el sobre encima de la alfombrilla. O tal vez alguien se lo lanzaría desde un taxi en movimiento; o se lo haría llegar atado a un globo que flotaba hasta su balcón; o incluso en una ocasión fue un hombrecillo con sombrero de ala y gafas oscuras, que emergió de un brinco de detrás de un arbusto y arrojó el sobre a sus pies, antes de huir correteando y gritando de júbilo.

Los sobres que él enviaba no eran exactamente los mismos que ella recibía, pues siempre los transformaba el viaje emprendido. En estas ligeras mutaciones se encerraban las huellas de sus andanzas, pequeñas incógnitas que ella jamás podía descifrar del todo. A veces llegaban garabateados con anotaciones y tachaduras, o ligeramente mordisqueados en las esquinas, o habían adquirido algún residuo en los pliegues del papel: agujas de pino, pelos de animales extraños que no podía identificar, arena, óxido, cristales de sal, gotas de rocío. Desprendían curiosos aromas: a pimentón, a violetas que florecen en un jardín nocturno, a algas marinas, al interior de un cajón de caoba. Cuando ella contestaba a sus cartas le contaba sobre las pistas que había hallado en los sobres, y juntos especulaban sobre las aventuras que podían haber vivido hasta encontrarla, con quién habían viajado, dónde habían estado; su imaginación volaba y creaban historias fantásticas que sin embargo no eran menos inverosímiles que la realidad, tan ignota e inalcanzable como los tesoros hundidos que relucen en las profundidades del océano. Así, la historia que iban creando juntos no solo les comprendía a los dos, sino también a todos los desconocidos cuyas vidas se habían entrelazado para que aquel delicado hilo que los unía se mantuviera intacto. Aquella historia la formaban todos aquellos momentos de conexión y complicidad y destinos cambiados para ser los mensajeros de los sobres marrones, momentos que se fractalizaban como reflejos adentrándose y perdiéndose en un infinito laberinto de espejos.

Una vez, uno de los sobres que ella esperaba se retrasó. Primero fue solo una semana, luego dos, hasta que ya al cabo de un mes sin noticias de él empezó a impacientarse. Cuando salía a la calle escaneaba anhelante las caras de los caminantes, pero ninguno tenía su sobre. A veces alguien metía la mano en el bolsillo de la cazadora a su paso, y su corazón latía más rápido, aquí llega al fin, se decía, pero luego la otra persona sacaba un pañuelo, o las llaves de casa, y ella seguía su camino cabizbaja.

Cambiaron las estaciones, desaparecieron los últimos bañistas rezagados de las playas, los niños se empezaron a enfundar en gruesas bufandas de lana para salir a jugar en los parques, y los árboles derramaron sus hojas sobre las calles oscuras del atardecer. Pero aún el sobre no aparecía. Ella intentaba seguir con su vida, intentaba no perderse en ensoñaciones mientras miraba por la ventana, intentaba prestar atención a las conversaciones insípidas y rutinarias que formaban sus días, pero no podía dejar de sentir que cada momento que vivía era esencialmente incompleto, que nada de lo que tenía delante era tan real como aquel fragmento de su historia que se había perdido por el camino.

Así pasaron los días y de nuevo volvieron a la ciudad las tardes perezosas que se biengastaban en terrazas al sol, las noches cálidas que abrazaban brazos y piernas desnudas con suavidad, después de los sofocos diurnos. Hasta que, una noche, ella despertó de sueños delirantes que la habían hecho agitarse sin tregua durante horas, como una barca fatigada en mares tormentosos. Al encender la lámpara de la mesita, vio el sobre marrón que tanto había esperado asomándose debajo de su almohada. No había nadie más en la habitación, pero la ventana del balcón estaba abierta (¿La había abierto ella? Era posible. No lo recordaba…) y la cortina ondeaba suavemente en la brisa.

Aquel sobre era más ligero que los demás, y no percibió en él ninguna huella, tan solo algunas gotas de humedad que ya se habían secado hace tiempo. Con impaciencia, rasgó el papel y leyó sus últimas palabras. Una y otra vez las leyó, hasta que su amargo veneno le llenó la boca y los pulmones, hasta que calaron en su corazón, clavándose en la carne tierna y vulnerable como metralla violenta que destruye todo a su paso.

A través de la niebla de pánico que se descendía sobre su mundo, salió al balcón y, con más temor que esperanza, alzó la vista hacia su monte. Pero ningunas alas pardas venían volando por el cielo oscuro. Ninguna luz parpadeaba allá en la ladera de la montaña. Tan solo brillaban las heladas estrellas, lejanas e indiferentes en el abismo de la noche.

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Through the darkness

I know the lies the darkness tells,
I know it spits out toxic bullets
that bite with ravenous little teeth
at the soft places of the flesh I left unguarded.
I know that it’s a hope-devouring fog
which blots out the sun,
and becomes the horizon,
the sky, the future,
the answer to every question,
the jeering echo which mocks every thought.
I know that it’s a part of me
because without the precipice there are no stakes,
and there’s nothing to win,
unless you’ve gambled your bare-necked soul
against the long-clawed dealer who watches you hungrily.
But I know that if I can wait and be still
against the darkness, the dawn will rise,
and while I’m watching something else -
maybe the ripples of woodgrain on a table,
or a man lighting a spark
as he shelters in a doorway from the rain -
the darkness slowly slinks away,
until it’s no longer bigger than me,
until it’s smaller than the cavity of my thorax,
until it fits like a pebble into my clenched fist.

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Be not afraid

I went to the visit the grave of Jorge Luis Borges in the Cimetière des Rois in Geneva. The cemetery is right in the centre of a town, a couple of streets away from the river. It was a beautiful and stormy Saturday afternoon, and I wandered in freely through the open gate. There was nobody there, just me, drifting around beneath the tall trees and looking at all the different graves, many of them quite unusual. I passed several tombstones marked with the crossed Square and Compasses of Freemasonry, and lingered by the grave of a female poet, signalled only by a sinuous upright statue, a hybrid between a leaf and a long-legged bird. The grave of a physics professor from the university was adorned with a strange abstract sculpture which seemed to resemble a key or a tool made out of jumbled tetris blocks. The protestant leader Calvin and the sociologist Jean Piaget are also buried elsewhere at des Rois.

Borges himself has a lovely uneven headstone, which looks like it has already stood on a solitary hilltop for centuries, worn and weathered by the wind and the stars. The carvings on the front show a cohort of warriors marching into battle with raised swords – these are a copy of the Lindisfarne stone, and are thought to show Viking raiders attacking the monastery. In one of life’s quirky little coincidences, I’ve actually been to Lindisfarne too. This tiny tidal island full of enchanting ruins, crumbling fortresses and shrines that dot the landscape like the beached bones of ancestral creatures, is strongly linked to the origins of my university, Durham. My trip up there, the year after my graduation, was a very special moment for me, a sort of personal pilgrimage to the roots of a place that I love very much.

But back to Borges’s tomb. Beneath the carving of the warriors are inscribed the words «And ne forhtedon na» – which translates as “Be not afraid”, from the Old English poem the Battle of Maldon. On the other side, a Viking longship with its distinctive double prow, sailing to an unknown shore, and the words “Hann tekr sverthit Gram ok leggr í methal theiera bert” – this time in Old Norse, from the Volsung Saga “He took the sword Gram and laid the naked metal between them.” Finally, in Spanish, “De Ulrica a Javier Otárola” – “from Ulrica, to Javier Otárola”, a dedication to Borges from his wife, Maria Kodama. The Volsung excerpt prefaces Borges’s only love story, Ulrikke, in which the scholar Javier Otárola falls in love with a mysterious Norwegian woman in York, a woman belonging to a time that lies beyond his reach, when wolves howl in the night on the vast northern moors.


So with Geneva, Barcelona, York, Lindisfarne, Durham, Ulrikke and the Volsung Saga and the Vikings and the Battle of Maldon, I salute once again the greatness of the master, weaving me up into the threads of another of his beautifully crafted stories.

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La vieja

La he visto varias veces por el barrio, creo que es muy pobre, y siempre viste de negro. Un día me la cruzo en la esquina, detenida un momento ante el embiste del tráfico, y la observo. Su cara está fatigada por arrugas, suaves pliegues en la frente, canales y surcos más pronunciados debajo de sus ojos y en la comisura de sus labios ancianos, fosas oscuras a cuyas profundidades no alcanza la luz del día. Me siento deslizar hacia el fondo de estos cañones, cayendo por paredes de carne donde arraigan árboles petrificados que estiran en vano hacia el sol, cayendo más y más abajo por precipicios de piel hasta el lecho de ríos subterráneos, donde civilizaciones enteras viven y navegan ocultas en la penumbra, alumbrando su paso con la tenue luz de diminutos faroles.

La vieja me mira a los ojos, y son los suyos dos pozos insondables que encierran una cosa más grande que una llanura infinita, eterna y vacía, iluminada por una luna de hueso, por estrellas despiadadas que erizan la piel y hielan la sangre. Quiere escapar de esos ojos algo terrible, astuto y voraz, que me conoce hasta el tuétano, que nos conoce a todos y todo nuestro pasado, todas las mentiras, los gritos desgarrados, el brillo de navajas, los charcos oscuros, las cenizas, los ataúdes; nos conoce y viene a devorarnos, a tragarse esta maldita tierra, tragarse el sol y las estrellas y escupir sus pepitas extinguidas.

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Conversations with E.T.

Two poems about alien invasion, written 10 years apart… I think they go quite nicely together.

 

When the aliens come

(by Maria aged 24)

 

When the aliens come

We’ll need a flag for the world

A fearsome thing that never before was unfurled

With crimson background, dire and dark

And flame-bright in the centre, a burning spark.

 

When the aliens come

Governments will cease their spying

All their torturing, scheming and lying

As Earth prepares for the final war

The day reality comes knocking at the door.

 

When the aliens come

We’ll turn away from turning on each other

Rich against poor, brother against brother

We’ll stand together to face our fate…

I fear by then it will be too late.

 

 

The Beings From Outer Space

(by Maria aged 14)

 

They came.

Silent as lightning, swift as fear,

And they saw,

A world of green, a world full of life,

Which they wanted,

They wanted and longed to possess.

 

They came.

From a distant star, they came through the night,

To seek,

The world that they needed, somewhere to survive,

And they took it,

They wrenched it from out of our grasp.

 

Their ships,

Were silver like death swooping down from above,

An infinity,

The sky turned black, and they blocked out the sun,

We were scared,

We all prayed for the end to come.

 

We fought.

We fought them with all of our courage and might,

But alas,

Their fury rained on us with hatred and spite,

For we’re mortals,

And they have the power of Gods.

 

Their eyes,

Were burning pits of malice and greed,

Which told,

Of distant shores, and faraway lands,

Never seen,

Yet often imagined in dreams.

 

For it seems,

That they came from a world which was once like our own,

Full of light,

Full life and of freedom and joy,

Now destroyed,

By the hate and the evil and wars.

 

Earth, I believe it was called.

 

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Change of title!

So, I have a new title for this thing… I’m really crap at picking them, but I felt that “tread softly, be gentle, blessed are the meek, please step on my face, bla bla bla” didn’t quite reflect my feelings about myself and what I want to write at this moment in time. So I picked something in entirely the opposite direction, based on a line that I love, from a poem that I love, by a poet that I love: Antonio Machado. It’s called El Mañana Efímero – the Ephemeral Tomorrow, and it’s about the division of Spanish society leading up to the Civil War – the conflict between the Spain that looks to tradition and the past and the Spain that looks to the future, which he calls the Spain of rage and ideas in the extremely powerful last line of the poem. I could have gone for “rage and ideas” as the title, but I think fury is a cooler word.

The tagline is a neat little quote that I found from André Gide, who (thank you Wikipedia) is apparently a French Nobel laureate. Spot on I think.

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Stopping by woods on a sunny afternoon


“Meet me at midnight in the mossy heart of the forest” she sang, “in the clearing where the daffodils grow”. But he did not go, for he had seen something green and strange shifting behind her eyes.

 

 

He built palaces of stone upon the hilltops, bugles sounded and continents toppled before him, but still the clouds drifted thunderously by, in the skies beyond his reach.

 

We are still here, in the golden afternoons, in the places between the leaf-dappled light and the shadows, in echoes of forgotten words, in loving memory.

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earth/tierra

… earth is heady and velvet-dark, richness and decay, hands plunging softly into the depths, the damp belly of the rainforest, bursting with green worms, wriggling with life.

… tierra es la tierra de campos, oro y óxido de horizonte a horizonte, caminos de polvo entre tierra y cielo, la tierra del labrador sin nombre, del pasado mudo, sudor y lágrimas que caen ardiendo sobre la tierra implacable, el sol que arde, que abrasa, desde el amanecer hasta la venida de la oscuridad y de la muerte, cuando brillan las constelaciones sobre la tierra desnuda.

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Adventures with the tax people

Adventures with the tax people part 1.

I have to fill out my tax forms. I read them. All the questions look something like this: “contribution of physical entities for societies in the first period” or “rate of non-fiduciary activities during full trimester”. I want to cry. I look for the online guide to filling out the form. It provides helpful information like “Enter the contribution of physical entities for societies in the first period”. I hide under the blankets. I go to see the tax people. I ask the information lady for help. She says things to me. She asks me a question. I check that she is speaking in Spanish, she is. I check that I know the meaning of all the words she has just said, I do. I wonder why, despite of this, no communication is taking place. The lady stares at me. I suspect that she thinks that I am simple. I suffer Cartesian doubts on the nature of language, on all knowledge that I have ever acquired, and lastly on my own existence. The lady fills out the form for me. I have no idea what has just happened, but I am relieved.

Adventures with the tax people part 2.

I get a letter in the post. It is from the tax people. I am scared to open it. I wait for a bit. The letter is still there. I brace myself and I open it quickly. Inside there are sheets of peel-off stickers with my name and my old address. I don’t live there any more. There is a letter enclosed which says: “Here are the labels that you asked for”. I am relieved, and also confused. I don’t remember having asked for any labels. The ways of the tax people are mysterious and unfathomable.

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